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Positano: un delicioso rincón de Italia en Xela

  • Por Roberto Guevara
13 de julio de 2019, 07:07

No suelo asustarme mucho, ni tampoco leer libros que jueguen con mis emociones, pero este me atrapó desde el inicio.

Es impresionante la capacidad del escritor Pierre Lemaître para hacer que primero suframos, luego odiemos, comprendamos y por último admiremos la inteligencia de Alex, la protagonista de este, uno de los mejores libros de terror que he leído.

Cerca del final lo llevaba, cuando me tocó viajar al occidente del país. Una de esas noches, decidí disfrutar de pasear solo en las místicas calles del centro de Xela, cuando se fue la luz. “¡Perfecto para terminar mi libro!”, pensé, y más cuando del otro lado de la calle vi un pequeño rótulo iluminado solamente con velas: Positano. Decidí entrar, invitado por el acento romano de Paola, una amabilísima signora, a quien las circunstancias de la vida afortunadamente la llevaron a Xela. “¿Es esto una trattoria?”, pregunté. “¡Casi!”, respondió con una amplia sonrisa y supe que nos comprenderíamos de maravilla.

La luz de las velas fue mi compañía en el aperitivo: Una bruschetta perfectamente sencilla. El pan, duro por fuera para que los aceites no se cuelen, pero blando por dentro para que los mismos aceites se mezclen con el almidón y sirvan de cama a una combinación de hongos (más bien normalitos), pero que estaban sazonados con el punto exacto de ajo que los hacía intensos, sin perder su esencia. Creo que le debo alguna terapia psicológica a esas bruschettas, pues me vi en ellas: Duro por fuera, blandote con quienes más quiero, intenso como el ajo, pero siempre respetando mi esencia, porque no me gusta dejar entrar a nadie sino muy cuidadosamente. Bien pues soy como la bruschetta pensé, y pensé también que conocerse, aceptarse y quererse lo suficiente para vivir en paz propia y no demasiado para como para bloquear la búsqueda de la mejora, es haber ganado la mitad de la batalla.

Como plato fuerte, algo de la campania: esa región que combina mar y montaña, el desenfado napolitano (esos si saben vivir), y la atención al detalle de un campesino que destila los orujos que harán una buena grappa. A ver si le hacen honor al nombre Positano, y los cuadros pintados en la pared pensé. Como no había luz, no me podían cortar en finas rodajas el culatello que quería cenar, así que diligentemente Paola se ofreció a cocinarme un risotto con camarones.

Estaba espectacular el tal risotto. Los camarones estaban cocinados enteros, con cáscara, como debe ser (la cáscara se debe poder saborear, sin comer) para que los jugos del camarón no se pierdan en la cocción, y también perfectamente limpios (recordé cuando siendo niño, uno de mis 11 tíos paternos osó decirme cabeza de camarón, y yo le contesté con una cita de Rudyard Kipling que seguramente no entendió. Ese día aprendí dos cosas: A esforzarme para no crecer pendejo, y que debía limpiar bien los camarones).

Difícil cocinar un buen risotto, pues hacer que quede húmedo y suelto es sin duda un reto, así como combinar de tal manera el tomate, azafrán y perejil para que jueguen en equipo sin opacarse es también importante. Tan bueno estaba que dejé en la mesa la sal que previamente había pedido. Como no había luz, puse mi celular con los grandes éxitos de Ricci e Poveri (solo son 3 jajaja) y me comí muy felizmente mi risotto, pensando en la pobre Alex de mi libro. 

Finalmente, el postre: Yo quería un affogato, pero como no había luz, no funcionaba la máquina de espresso. En lugar de eso me trajeron un espectacular tiramisú coronado con hilos de caramelo y hojas de menta. ¡Que buena idea! La frescura de la menta era el opuesto necesario a tanta dulzura, ying y yang, el perfecto fragmento de imperfección justo para complementar el café, chocolate y mascarpone que nos venden en todos lados. Felicitaciones a Paola por tan delicioso postre, que me comí shuteando la conversación de mi mesa vecina, ocho ruidosos italianos pasándola tan bien como solo ellos saben.

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Al final, reflexioné en la atinadísima actitud de la amable Paola. Por más agradable que estaba la conversación, se excusó para decirme: Ahora me iré para prepararte algo delicioso. Sabia lección para aquellos que, como pieza perdida de rompecabezas, seguimos buscando cuál es la cocina donde nuestras aptitudes de aprendiz de cocinero serán plenamente aprovechadas.

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